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Actividades preescolar » Cuentos populares

CUENTOS POPULARES DE ESPAÑA

EL ABAD Y LOS TRES ENIGMAS

Francisco J. Briz Hidalgo

Esto era una vez un viejo monasterio, situado en el centro de un enorme y frondoso bosque, en el que vivían muchos frailes. Cada fraile tenía una misión diferente. Así había un fraile portero, otro médico, otro cocinero, otro bibliotecario, otro pastor, otro jardinero, otro hortelano, otro maestro, otro boticario. Es decir, había un fraile para cada cosa y todos llevaban una vida monástica entregada al estudio y a la oración. Como en todos los monasterios, el fraile que más mandaba era el abad.


Se cuenta que había llegado a oídos del Señor Obispo de aquella región que el abad del monasterio era un poco tonto y no estaba a la altura de su cargo.
Para comprobar las habladurías de la gente le hizo llamar y le dio un año de plazo para que resolviera los tres enigmas siguientes:


1º) Si yo quisiera dar la vuelta al mundo, ¿cuánto tardaría?
2º) Si yo quisiera venderme, ¿cuánto valdría?
3º) ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad?
El abad regresó al monasterio y se sentó en su despacho a pensar y pensar, y pensó tanto que por las orejas le salía humo. Se pasaba todo el día pensando, pero no se le ocurría nada; pensar sólo le daba un fuerte dolor de cabeza. Hasta entró en la biblioteca del monasterio por primera vez en su vida para buscar y rebuscar en los libros las soluciones y las respuestas que necesitaba.
Pasaba el tiempo sin que el abad resolviera los enigmas que le había planteado el Señor Obispo. Cuando ya quedaban pocos días para que se cumpliera el año de plazo salió a pasear por el bosque y se sentó desesperado debajo de un árbol.
Un joven y humilde fraile pastor que estaba cuidando las ovejas del monasterio le oyó lamentarse y le preguntó qué le ocurría. El abad le contó la entrevista con el Señor Obispo y los tres enigmas que le había planteado para probar sus conocimientos. El frailecillo le dijo que no se preocupara más porque él sabría como contestar al Señor Obispo. Así que, el mismo día que se terminaba el año de plazo, se presentó el joven fraile ante el Señor Obispo disfrazado con el hábito del abad y la cabeza cubierta con la capucha para que el Obispo no pudiera reconocerlo.
Después de recibirlo, el Señor Obispo quiso saber las respuestas a sus enigmas y volvió a plantear al falso abad la primera pregunta:
- Si yo quisiera dar la vuelta al mundo... ¿cuánto tardaría?
- Si Su Ilustrísima caminara tan deprisa como el sol -contestó rápidamente el frailecillo- sólo tardaría veinticuatro horas.
El Obispo después de pensarlo un rato quedó satisfecho con la respuesta, así que pasó a la segunda pregunta:
- Si yo quisiera venderme... ¿cuánto valdría?
El frailecillo respondió sin dudarlo:
- Quince monedas de plata.
Cuando el Obispo oyó esta respuesta preguntó:
- ¿Por qué quince monedas?
- Porque a Jesucristo lo vendieron por treinta monedas de plata y es lógico pensar que Su Ilustrísima valga sólo la mitad.
Le iban convenciendo al Señor Obispo las respuestas de aquel abad y empezaba a pensar que no era tan tonto como le habían dicho.
Entonces realizó la tercera y última pregunta:
- ¿Qué cosa estoy yo pensando que no es verdad?
- Su Ilustrísima piensa que yo soy el abad del monasterio cuando en realidad sólo soy el fraile que cuida de las ovejas.
Entonces el Obispo, dándose cuenta de la inteligencia de aquel joven fraile, decidió que el frailecillo ocupara el cargo de abad y que el abad se encargara de las ovejas.
Y colorín, colorado este cuento se ha acabado, si quieres que te lo cuente otra vez cierra los ojos y cuenta hasta tres.

EL CAPELLÁN Y EL PALOMINO

Cuento popular recogido por Juan de Timoneda (S. XVI) en su libro «Sobremesa y alivio de caminantes» (Cuento LXXII)

Francisco J. Briz Hidalgo

Un capellán estaba comiendo en la posada de una aldea un palomino asado cuando entró un caminante y pidió al posadero que le diese algo de comer.
El posadero le contestó que lo único que le quedaba era un palomino y ya se lo había preparado al capellán.
Entonces el caminante rogó al capellán que compartiese con él la comida y que la pagarían a medias, pero el capellán se negó y continuó comiendo.
El caminante sólo tomó pan y vino. Cuando el capellán terminó de comer le dijo:
- Habéis de saber, reverendo, que aunque no hayáis aceptado compartir conmigo la comida, el palomino nos lo hemos comido entre los dos, vos con el sabor y yo con el olor.
Respondió el capellán:
- Si eso es así, tendréis que pagar vuestra parte del palomino.
Comenzaron a discutir y como el sacristán de la aldea estaba en la posada le pidieron que actuara como juez en la disputa.
El sacristán le preguntó al capellán cuánto le había costado el palomino. Contestó que un real. Mandó al caminante que sacase medio real y lo dejó caer sobre la mesa haciéndolo sonar y le dijo al capellán:
- Reverendo, con el sonido de esta moneda tened por pagado el olor del palomino.
Dijo entonces uno de los huéspedes de la posada:
- A buen capellán, mejor sacristán.

LOS PASTELES Y LA MUELA

Cuento popular recogido por Juan de Timoneda (S. XVI) en su libro Sobremesa y alivio de caminantes (Cuento XXII)

Francisco J. Briz Hidalgo

Un labrador tenía muchas ganas de ver al Rey porque pensaba que el Rey sería mucho más que un hombre. Así que le pidió a su amo su sueldo y se despidió.
Durante el largo camino hasta la Corte se le acabó todo el dinero y cuando vio al Rey y comprobó que era un hombre como él, pensó: «Por ver un simple hombre he gastado todo mi dinero y sólo me queda medio real»
Del enfado le empezó a doler una muela y con el dolor y el hambre que tenía no sabía qué hacer, porque pensaba: «Si me saco la muela y pago con este medio real, quedaré muerto de hambre. Si me compro algo de comer con el medio real, me dolerá la muela»
Estaba pensando lo que iba a hacer cuando, sin darse cuenta, se fue arrimando al escaparate de una pastelería donde los ojos se le iban detrás de los pasteles.
Vinieron a pasar por allí dos lacayos que le vieron tan embobado contemplando los pasteles que para burlarse de él le preguntaron:
- Villano, ¿cuántos pasteles te comerías de una vez?
Respondió:
- Tengo tanta hambre que me comería quinientos.
Ellos dijeron:
- ¡Quinientos! ¡Eso no es posible!
Replicó:
- ¿Os parecen muchos?, podéis apostar a que soy capaz de comerme mil pasteles.
Dijeron:
- ¿Qué apostarás?
- Que si no me los comiere me saquéis esta primera muela, dijo señalando la muela que le dolía.
Estuvieron de acuerdo, así que el villano empezó a comer pasteles hasta que se hartó, entonces paró y dijo:
- He perdido, señores.
Los otros, muy regocijados y bromeando, llamaron a un barbero que le sacó la muela. Para burlarse de él decían:
- ¿Habéis visto este necio villano que por hartarse de pasteles se deja sacar una muela?
Respondió él:
- Mayor necedad es la vuestra, que me habéis matado el hambre y sacado una muela que me estaba doliendo.
Al oír esto todos los presentes comenzaron a reír. Los lacayos humillados pagaron y se fueron.

LA CALDERA Y LA BERZA

(Cuento popular de exageraciones)

Francisco J. Briz Hidalgo

Un hidalgo recién llegado de América contaba un día a varios de sus vecinos las cosas que había visto en aquella parte del mundo. Hablaba así:
- Una vez vi una berza tan grande que daba sombra a trescientos hombres a caballo.
A lo que contestó uno de los vecinos:
- No me parece tan grande, porque yo no hace mucho vi en un lugar de Vizcaya fabricar una caldera entre doscientos hombres y había tanta distancia de uno a otro que los martillazos que daba uno no los oía el de al lado.
Se maravilló mucho el hidalgo y preguntó:
- ¿Y para qué querían esa caldera?
- ¡Para cocer la berza que acabáis de decir!

LAS PRINCESAS DELICADAS

(Cuento popular de exageraciones)

Francisco J. Briz Hidalgo

Había una vez tres princesas llamadas Susana, Juana y Ana que eran muy altas, guapas y sanas y siempre estaban muy alegres y con ganas de jugar y divertirse. Sus padres, los reyes, estaban muy contentos con sus tres hijas porque nunca se ponían enfermas. Pero de repente un día, sin que nadie pudiese explicar la causa, las tres princesas se hicieron muy delicadas.
La princesa Susana, la mayor de todas, estaba paseando tranquilamente por el jardín del palacio, cuando unos pétalos de rosas le rozaron ligeramente en la cabeza. La princesa cayó al suelo desmayada con un enorme chichón. Los médicos pudieron curarla de aquel golpe pero la princesa Susana quedó delicada para siempre.
Otro día la segunda princesa, Juana, se despertó con una gran herida en la espalda. Cuando buscaron la causa de la herida descubrieron que había sido producida por una pequeña arruga de las sábanas. Los médicos pudieron curar la herida, pero la princesa Juana quedó delicada para siempre.
Entonces los reyes muy asustados decidieron construir una urna de cristal para meter en ella a la princesa Ana, la más pequeña y hermosa de las tres princesas. En el salón más grande del palacio los ingenieros reales construyeron en pocos días una enorme urna con las paredes y el techo de cristal. Dentro vivía la princesa y no la dejaban salir. Los reyes llegaron a pensar que a su hija pequeña no le iba a pasar nada y que no se haría delicada.
Pero un día entró en la urna un pequeño mosquito y con el aire producido por el movimiento de sus alas se resfrió la princesa. Los médicos pudieron curar el resfriado pero la princesa Ana quedó delicada para siempre.
Todavía los reyes no se han puesto de acuerdo sobre cuál de sus hijas es la más delicada.

UNA MONEDA DE ¡AY!

Cuento popular recogido por Juan de Timoneda (S. XVI) en su libro «Sobremesa y alivio de caminantes» (Cuento LI)

Francisco J. Briz Hidalgo

Tenía un caballero un criado nuevo, un mozo llamado Pedro que parecía un poco tonto. Para burlarse de él, le dio dos monedas y le dijo:
- Pedro, vete al mercado y cómprame una moneda de uvas y otra de ¡ay!
El pobre mozo compró las uvas, pero cada vez que pedía una moneda de ¡ay! todos se reían y mofaban de él.
Al darse cuenta de la burla de su amo, puso las uvas en el fondo de una bolsa y sobre las uvas un manojo de ortigas.
Cuando regresó a su casa, le dijo su amo:
- ¿Lo traes todo?
Contestó el mozo:
- Sí, señor, está todo en la bolsa.
El caballero extrañado metió rápidamente la mano y al tocar las ortigas, exclamó:
- ¡Ay!
A lo que dijo el mozo:
- Debajo están las uvas, señor.

LOS TRES PEREZOSOS

(Cuento popular de exageraciones)

Francisco J. Briz Hidalgo

Érase una vez un padre que tenía tres hijos muy perezosos. Se puso enfermo y mandó llamar al notario para hacer testamento:
- Señor notario -le dijo- lo único que tengo es un burro y quisiera que fuera para el más perezoso de mis hijos.
Al poco tiempo el hombre murió y el notario viendo que pasaban los días sin que ninguno de los hijos le preguntara por el testamento, los mandó llamar para decirles:
- Sabéis que vuestro padre hizo testamento poco antes de morir. ¿Es que no tenéis ninguna curiosidad por saber lo que os ha dejado?
El notario leyó el testamento y a continuación les explicó:
- Ahora tengo que saber cual de los tres es el más perezoso.
Y dirigiéndose al hermano mayor le dijo:
- Empieza tú a darme pruebas de tu pereza.
- Yo, -contestó el mayor- no tengo ganas de contar nada.
- ¡Habla y rápido! si no quieres que te meta en la cárcel.
- Una vez -explicó el mayor- se me metió una brasa ardiendo dentro del zapato y aunque me estaba quemando me dio mucha pereza moverme, menos mal que unos amigos se dieron cuenta y la apagaron.
- Sí que eres perezoso -dijo el notario- yo habría dejado que te quemaras para saber cuánto tiempo aguantabas la brasa dentro del zapato.
A continuación se volvió al segundo hermano:
- Es tu turno cuéntanos algo.
- ¿A mí también me meterá en la cárcel si no hablo?
- Puedes estar seguro.
- Una vez me caí al mar y, aunque sé nadar, me entró tal pereza que no tenía ganas de mover los brazos ni las piernas. Menos mal que un barco de pescadores me recogió cuando ya estaba a punto de ahogarme.
- Otro perezoso -dijo el notario- yo te habría dejado en el agua hasta que hubieras hecho algún esfuerzo para salvarte.
Por último se dirigió al más pequeño de los tres hermanos:
- Te toca hablar, a ver qué pruebas nos das de tu pereza.
- Señor notario, a mí lléveme a la cárcel y quédese con el burro porque yo no tengo ninguna gana de hablar.
Y exclamó el notario:
- Para tí es el burro porque no hay duda que tú eres el más perezoso de los tres.

EL REAL DEL SASTRE

Francisco J. Briz Hidalgo

Uno de los habitantes de un pequeño pueblo de Castilla debía dinero a casi todo el mundo. Tantas deudas acumuló que llegó un momento en que le resultó imposible pasear tranquilo por la calle porque todos los vecinos se le acercaban reclamándole el dinero que les debía.
Para terminar con esta terrible situación se metió en la cama y se fingió enfermo. Todo el pueblo pasó por su casa para visitarle. Él se quejaba tanto y fingía tan bien la inexistente enfermedad que daba mucha pena y los vecinos, pensando que se iba a morir, comenzaron a perdonarle las deudas.
- ¡Pobrecito, qué enfermo está! -dijo el molinero- yo le perdono lo que me debe.
- ¡Qué mala cara tiene! -decía el lechero- yo también le perdono.
Y así, poco a poco, todos los vecinos del pueblo fueron perdonándole las deudas, todos menos uno: el sastre, que siempre decía:
- ¡Pues a mí me debe un real y me lo tiene que pagar!
Aunque los otros vecinos le rogaban que le perdonara el real, porque el pobre se estaba muriendo, el sastre continuaba diciendo:
- A mi me da igual que esté enfermo porque... ¡a mí me debe un real y me lo tiene que pagar!
Cuando el falso enfermo se convenció que el sastre nunca le iba a perdonar la deuda decidió fingir su muerte. Lo metieron en un ataúd y lo llevaron a la Iglesia del pueblo.
Cuando empezó a hacerse de noche los vecinos se fueron a dormir a sus casas, excepto el sastre que, como no se fiaba, decidió esconderse en uno de los confesionarios de la Iglesia para vigilar al falso muerto.
Por la noche entraron en la Iglesia doce ladrones para repartirse el botín de sus robos y pillerías. Aunque sólo eran doce el capitán de los bandidos ordenó hacer trece montones de monedas de oro. Cuando acabaron el reparto dijo:
- ¡Ese montón que sobra será para el que se atreva a darle una puñalada al muerto!
Se adelantó el más valiente de los bandidos, desenvainó su puñal y con paso decidido se acercó al ataúd.
Cuando el falso muerto vio que lo iban a matar de verdad dio un gran salto, se puso de pie y agitando los brazos gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Venid difuntos!
El sastre, para ayudarle, derribó el confesionario haciendo mucho ruido y gritando también:
- ¡Allá vamos todos juntos!
Ante semejantes apariciones los bandidos huyeron despavoridos y no pararon hasta llegar a lo más profundo del bosque. Allí, al acordarse del tesoro que habían abandonado, el capitán ordenó a uno de ellos:
- Acércate a la Iglesia y entérate de lo que está pasando.
Entretanto el sastre y el falso difunto se estaban repartiendo las monedas de oro que los bandidos habían abandonado en su huida. Cuando acabaron el reparto el sastre que no se olvidaba del real que le debía dijo:
- Ahora ¡dame mi real!
En ese preciso momento llegó el bandido y al oír al sastre salió corriendo hacia el bosque y dijo a sus compañeros:
- No hay que pensar en volver por el tesoro, ¡hay tantos difuntos en la Iglesia que sólo tocan a un real!